miércoles, 4 de abril de 2007

Capitulo 11: Una nueva esperanza (relata Gervasio - dibuja Laky)


- Dame un pedazo de queso – me dijo Johan.
- No jodás, primero aprendé a diferenciarte como ratón o como humano, si sos humano te comportas como tal – contesté sin mirarlo.
- ¡Mirá quién habla! Todos los muebles están mordisqueados por vos, tu pieza está hecha con cartón y nylon y cagas arroz negro en los rincones – me lanzó, bruscamente esas palabras.
- Si, pero vos sos puto – me defendí.
- Yo te dije que hacerme “la rata” es faltar a clases o al trabajo – explicó.
- Eso es la chupina.
- Dale Gervasio, hechame un queso.
- ¡¿ves que sos puto?!
- No te hagas el gil, aparte lo tuyo debe ser ricota ya, hace días que no te bañas – me dolieron sus fuertes acusaciones de tan reales que eran, lo cierto es que cuando bajaba el cierre del pantalón para orinar la mayoría de las moscas que me estaban siguiendo huían… las demás morían.
Johan es mi hermano, nuestros padres nos dejaron la casa, la diminuta casa, eramos los últimos descendientes de una pura raza de seres marrones superiores.
Diferíamos de los demás gemelos, Johan era robusto y yo más bien raquítico, él nació un año antes que yo, nuestros apellidos eran distintos y, lo principal, nosotros no éramos gemelos, hasta existía cierta duda en que si nuestro lazo sanguíneo era legítimo, duda que despejó Johan, él era mayor que yo y asistió el parto de nuestra madre, en el cual sobreviví luego que ella se deglutara a las otras dos crías para recuperar fuerza, Johan tenía sólo un año, nuestra raza crece velozmente, nacemos con dientes poderosos, con un fluído manejo de nuestro lenguaje y con carnet de conducir, aunque este no sirve para manejar taxis, remises o colectivos.
Ese día la discusión llegó a tal punto que mi hermano se fue de casa, nunca más lo vi hasta aquel día, el día que me enteré que nuestra lucha estaba en peligro. Años tratando de que los humanos “normales” (como se hacen llamar ellos) nos devuelvan nuestras tierras podrían quedar en la nada.
Esa noche fui a visitar a Orfilio, el mastodonte que dejamos cuidando la Remolacha Suprema, los “normales” lo habían bautizado con el nombre de Marcos. Allí estaba Johan, quien me explicó que nuestro secreto estaba en peligro, me dijo: “nuestro secreto está en peligro” y comprendí inmediatamente que nuestro secreto estaba en peligro. Nuestra conversación dejaba entrever que la relación seguía tensa.
- che otario, hay dos tipos, Egro y Moisés, te lo digo solo porque sos mi hermano – dijo, sin pausa, Johan.
- Agarramela con la mano – dije yo y agregué – ¿cómo sabés esto por adelantado?
- Te la puso un pelado, le hice creer a Moralez que estaba de su lado, si el llega antes que los otros estamos perdidos, dalo por hecho.
- Te llené el culo de afrecho ¿Dónde están Egro y Moisés? – pregunté preocupado.
- Te la pongo de parado.
- ¡Pará! No podés rimar con mi relato, es cronológicamente imposible.
- Te gusta abrir las piernas, sos flexible.
- Bueno, esto no tiene sentido, Orfilio ¿Dónde están esos tipos? – dirigí mis palabras lejos de mi terco hermano, la comunicación se tornaba dispersa.
- Anoche entraron al portal de piedra – me dijo con los ojos llenos de lágrimas, era un bicho grande pero sensible.
- No te pongás así – lo consolé – seguramente están en el valle de las flores.
- A vos te gustan los señores – agregó Johan y prosiguió – los vi en el zotano de de la casa de Ambrosio, el caníbal de diez patas y sin querer cerré la puerta del horno, que era por donde ellos podrían haber salido.
- Te dejé el culo pulido ¡Inútil! ¿Porqué hiciste eso? – Grité enfurecido.
- Estaba asustado, pero antes de venir hacia acá pude contactar a alguien, alguien que puede encontrar el portal de las horas.
- ¿No vas a rimar con nada? – pregunté desconcertado.
- Te la pongo comiendo ensalada – remató.
- ¿Quién es? ¿Dónde está? Casi no hay tiempo ¡Debemos apurarnos? – antes de terminar mi frase Orfilio señaló la puerta.
Salimos por el tunel por el cual yo ingresé a la celda de Orfilio, vimos un tipo acercarse a la puerta del hotel, nos aproximamos en nuestra forma de roedores para ver de que se trataba, Johan me dijo que era el que esperábamos
- aún queda una esperanza – dije suspirando.
- Te la meto hasta la panza – retrucó Johan.