lunes, 19 de marzo de 2007

Capitulo 10: "180 grados" o no se que título ponerle a este capítulo (relata Moralez - dibuja Laky)


Algunos de mis hombres estaban buscando a Egro en el hotel Edén, ya me estaba cansando, tenía los recursos, ellos no tenían nada, pero según lo que me decían los estúpidos que trabajaban para mí estos dos encuentran ayuda donde quieran que vayan. Para mi eran sólo excusas, que salían del interior de montañas, que los cargaban autos en la ruta, yo estaba seguro que era pura inutilidad.
Me encontraba en la vereda de una casa abandonada, dos de mis hombres me aseguraban que allí habían estado Egro y Moisés hasta que vino una mujer, mostró sus pechos por la ventana y salieron disparados hacia el mismo auto que los recogió en la ruta, puras mentiras. Decidí cortarles el extra de helados “Torpedo” que les había otorgado hasta que trajeran una información valedera, la situación requería mano dura.
Mientras trataba de comunicarme con los que estaban en el hotel escucho un grito agudo, salen corriendo de la casa dos de mis secuaces gritando “¡Una rata! ¡Una rata!”
- ¡Estúpidos! ¡Maricones! ¡Cada uno tiene una 9 milímetros en la cintura y se espantan por una miserable rata! – les grito.
- Señor, yo no se usar un arma, soy muy bueno, quizás el mejor diseñador de interiores del país, pero las armas me dan impresión, ni hablar de las ratas, mi compañero se asustó por mis gritos.
Esto no podía seguir así, decidí entrar yo solo para enseñarles que los trajes también debían ensuciarse ¿para qué contraté intelectuales? No sirven para otra cosa que estorbar.
Ya dentro de la casa les grito que “¡Son unos inútiles!” y en ese momento siento una mano en mi hombro, una gota de sudor bajó desde mi nuca hasta la cintura y el pito se me metió para adentro, un sonido similar al de una motosierra explotó en mi trasero y los pezones de mis tetillas perforaron mi carísima camisa. Me di vuelta y vacié el cargador contra la figura que se encontraba ante mí, cuando comprendí de que se trataba mis hombres comenzaron a dispararle desde la puerta y las ventanas, cada disparo que le daban (uno de cada siete) lo alejaba hasta que desapareció en la penumbra., mis hombres corrían en círculos y gritaban, dos lloraban, yo estaba saliendo de la casa cuando oigo una voz que dice mi nombre, me doy vuelta y despeino al decorador de interiores con una potente flatulencia, otro susto de tamaña magnitud y lo que de ahí saliera sería sólido y peligroso. Era un “Ser Marrón”, los seres Marrones habían vivido desde siempre en las sierras, cuando el hombre comenzó a frecuentarlas estos se fueron a vivir a los desagües, pocos pudieron alojarse allí, los demás pasaban sus vidas convertidas en ratas, cualidad que poseían estos seres, podían convertirse en estos roedores, eso asustó a mis pobres e infelices empleados.
- Siempre creí que eran solo una leyenda – le dije temblando y frunciendo mi ano.
- Podría decirse, somos sólo la sombra de lo que éramos, pero no perdemos las esperanzas y usted nos va a ayudar – su voz era como la de un niño, en cambio su aroma era como el de un niño con kilos de excremento en sus pañales.
- ¿Por qué debería de hacerlo? – pregunté mientras encendía un habano.
- Disculpe, pero usted y sus compañeros me dispararon unas 17 veces, acá estoy, intacto, yo sólo puedo con todos ustedes, aparte no sabe a lo que se enfrenta, los otros dos sujetos van mucho mas avanzados en la búsqueda. Con sus recursos y mi ayuda puede emparejar la lucha – me dijo mientras le daba pequeños mordiscos a un pedazo de madera.
- Si son tan poderosos ¿Por qué viven como ratas?
- Solo hay dos marrones como yo, los otros son simples, sin poder alguno.
- Bueno, explíqueme de que se trata todo esto y deje de morderme la suela del zapato.
- Es que el olor a queso me puede.
Este personaje me explicó que lo importante no era el medallón, (y otras cosas que ya se las debe haber dicho alguien, yo recién empiezo a relatar y si repito después me putean) que dejara a Egro hasta que se fuera del hotel, que lo siga hasta que encontrara una caja fuerte, si lograba hacerme con lo que ésta contenía, él entraría en acción. Tuve que regalarle mis zapatos así los roía sin molestarme.
Inmediatamente envié a uno de mis hombres a avisarles a los demás que se vayan del hotel y a otro lo mandé a comprar 2 kilos de queso y una ruedita para ratas.
Esto se complica, pero comienzo a comprender cosas, la balanza se empezaba a emparejar, volví a otorgarles los helados a mis hombres.
No podía confiar plenamente en el Marrón, pero lo tenía que utilizar, era un aliado poderoso y yo estaba rodeado de ineptos.

En el hotel (relata Alejandra)

Yo no sabía donde estaban Egro y Moisés y estos tipos con sus armas revisaban el hotel buscándolos. Pensé en soltar a Marcos, pero era capaz de voltear el hotel y no había tetas que valgan a esas horas. Mi padre no entendía nada, los vio de trajes y pensó que eran municipales, los dejaba revisar todo. Uno se sentó y pidió una milanesa a la napolitana con papas fritas y huevo a caballo (aclaración gastronómica: el huevo arriba de las papas) otro se puso a mirar televisión y anotaba números para comprar cuchillos ginsu. De repente ninguno estaba buscando nada, los que no estaban viendo televisión ni comiendo, jugaban al sapo al fondo del salón. Me puse a buscarlos yo. Rogaba que no hubieran ido a la montaña, y de haberlo hecho, que no se hayan metido en algún portal. Alumbrando con la linterna hacia la montaña alcanzo a divisar la columna de piedra, era demasiado tarde, volví al hotel así no sospechaban ni los guiaba a estos tipos hasta la montaña. Entraba yo al salón y salían ellos.
- ¿Qué pasó papá? – le pregunté a mi papá (obvio)
- un hombre entró, habló con otro, se levantaron y se fueron, me dejaron $300 de propina, me hice la noche.
Empecé a buscar a Egro y Moisés por todo el hotel, no estaban, tenría que esperar hasta el amanecer, si no habían entrado al portal quedaban esperanzas de que Egro llegue a la Remolacha Suprema.
Me dirigí a mi habitación, cuando me cambiaba la toalla femenina un fuerte estallido me hizo tirar la usada dejándola pegada en el techo, corrí hasta el salón desnuda, mi padre estaba paralizado mirando al techo, temblaba, cuando me miró sus ojos estaban tan abiertos que parecía no tener parpados. Corrió a cerrar la puerta de entrada, yo volví a la habitación sosteniendo la toalla femenina con mi mano, me vestí y volví al salón, mi padre volvía de cerrar también las ventanas y otra vez el estruendo, la enorme araña que iluminaba todo el salón se desprendió del techo y cayó sobre él, mis rodillas se aflojaron, lo vi moverse y me acerco, pero el piso comenzó a temblar, estallan los vidrios de una de las ventanas y en la oscuridad siento caer algo cerca mío, lo alumbro, mis ojos se inundaron, las cabezas de Egro y Moisés yacían a centímetros de mi, apagué la linterna y me eché a llorar.

jueves, 8 de marzo de 2007

Capitulo 9: Revelaciones (relata Egro - dibuja Laky)

Me encuentro en un lugar oscuro, como un bosque, la luz de la luna llega al piso representada en varas plateadas que parecieran apuntalar el techo negro que forman los árboles. Una especie de niebla se asemeja a una alfombra, animada, en cámara lenta. El frío me obliga a frotarme las manos, llevarlas a mi boca y emanarle mi aliento cálido.
Comienzo a caminar, no podía quedarme ahí, veo una luz detrás de unos arbustos, me acerco, el frío es insoportable, oigo jadeos, a medida que me acerco a la luz los gemidos se acentúan, hay una especie de pared, me asomo, para mi gran sorpresa veo dos cuerpos brillantes, sobre una mesa, musculosos, húmedos, con movimientos sincronizados, o sea, estaban cogiendo. Trato de que no se enteren y vuelvo al bosque, a la oscuridad, de repente todo se ilumina, era un estudio de grabación, de atrás de la pared me llaman, voy, Ricky Martin estaba parado junto a la mesa, detrás de ella se vestía Carlos Mata. Ricky me mira, pone un pie sobre un banquillo y se toma el jopo con toda su mano, una música comienza a sonar y él canta: “Fuego contra fuego es amarfuego del que no puedo escapardonde nadie oye mi vozallí te espero yo”
Y se va hacia una puerta con una estrella con su nombre abajo, Carlos Mata se sienta en un rincón, se tapa la cara con las manos y comienza a llorar. Despierto, aún estoy debajo de la mesa, me duele muchísimo el cuello, veo al hombre en el mostrador, lleva una bandeja con tazas y medialunas hacia una mesa donde están sentados Moisés, Alejandra y Marcos, salgo de la mesa y voy hacia ellos.
- Egro, buenos días, no te cambiaste todavía – me reprochó Alejandra.
- No, ahora vuelvo – fui al baño y me puse la ropa que me había traído Alejandra, hasta un sobretodo parecido al mío me trajo, esa muchacha comenzaba a agradarme.
Volví a la mesa y comencé a desayunar.
- ¡49 medialunas y sólo me dejaron una! – grité furioso.
- Lo que pasa es que Marcos tiene un hambre voraz, se comió 20, Moisés 10 y yo 3 – me explicó muy naturalmente Alejandra.
- Aún faltan 15 – dije muy perspicaz y usando mis cualidades matemáticas.
- Las tengo en el bolsillo, para el camino – respondió Moisés, no dije nada porque sospechaba que al mínimo movimiento, Marcos reaccionaría.
Tomé mi café con leche, otra vez helado, dejé la medialuna para el último ya que no podía mojarla en la repugnante bebida, me relajo y la tomo con la mano izquierda, Marcos suelta un gruñido y dejo caer la medialuna, antes que toque la mesa el mastodonte la agarró y se la llevó a la boca, yo me estaba cansando.
Me siento en una mesa que al frente tenía un televisor que no dejaba de pasar publicidad de venta telefónica, el conserje me dice que me baje de la mesa, que me siente en la silla, no dejo de pensar en mi sueño ¿Que tenía que ver el fuego? “Dónde nadie oye mi voz, allí te espero yo” de repente algo me iluminó, prendieron los reflectores del escenario, me quemaban la frente, me alejé hacia el parque, Marcos trataba de atrapar una mariposa, Moisés se para a junto a mí comiendo una medialuna, ni se me ocurrió pedirle, era como los perros con la comida.
- ¿Podés creer Moisés? Este tipo parece un perrito faldero y después, de noche se vuelve una bestia.
- Si, pero conmigo es piola, hasta que lo meten en la pieza esa.
- ¡Esperá! Fuego de noche, nieve de día ¡Ricky Martin me hablaba de este tipo!
- Toma Egro, una medialuna, te estás cagando de hambre y ya empezás a hablar otra vez de Ricky Martin.
- ¡No boludo! En serio, y en la pieza esta solo, a prueba de sonidos, donde nadie oye mi voz, allí te espero yo. ¡La Remolacha está en la habitación de Marcos!
Moisés comenzó a empujar una medialuna en mi boca, me ahogaba, me daban arcadas, pero la revelación que tuve me provocaba una gran y constante sonrisa.
Corrí al salón.
- ¡Alejandra! ¡Ya se donde está la remolacha! – grité eufórico y tomándola de los hombros.
- ¡No me digas! a que descubriste que está en la habitación de Marcos. – me contestó la hija de puta.
- ¡¿Cómo?! ¡¿Vos ya lo sabías?!
- Si tonto, todos lo sabemos, el problema es saber como hacer mañana a la noche, exactamente a las 23:37 se revela la clave, el problema no es el lugar, es como hacemos para entrar y ver la luz, a esa hora Marcos está insostenible, ni mis pechos ni los de la Cicciolina pueden contenerlo.
- O sea que no me sirvió de nada fijarme en mis sueños.
- Si, lo que pasa es que no te fijaste en la totalidad del mensaje.
Me fui frustrado, nuevamente al parque, Marcos seguía jugando con la mariposa, empezaba a esconderse el sol y él se ponía más agresivo con el pobre animalito, de repente Alejandra salió con su padre, se levantó la remera y el gigante se paralizó, lo llevaron atrás del hotel y yo no paraba de pensar en mis sueños.
- ¡Egro! ¡Vienen autos de Moralez! – gritaba Moisés que venía de la entrada del hotel.
Corrimos hacia atrás del hotel, pasamos al lado de la habitación de Marcos, era tenebrosa, una caja gigantesca de acero, no podía creer que estuviera ahí dentro, me daba un poco de lástima. Comenzamos a subir la montaña, ya me estaba cansando de subir montañas, hacía 3 años que no jugaba al fútbol ni hacía ejercicios. Moisés iba delante de mí, yo miraba hacia atrás cada segundo, lo que provocó que una rama que soltó Moisés me pegara en la frente y me tumbara, me levanté pensando que ya eran varias las que le debía cobrar a este petizo que me acompaña a todos lados. La tierra comienza a temblar, los dos caemos al piso, entre nosotros se levanta, de debajo de la tierra, una torre de piedra, de aproximadamente 5 metros, no podíamos creerlo. La roca tenía un hueco abajo, veía a Moisés del otro lado, trato de pasar para el otro lado pero en lugar de aparecer junto a Moisés, caí en un campo lleno de flores, esto era asombroso, a los pocos segundos Moisés salió de otra roca, muy parecida a la de la montaña. Estábamos a salvo, el problema es que Moisés es alérgico, su cara comenzó a hincharse, su voluminosa nariz parecía una cascada verde, comenzaba a respirar con dificultad, yo traté de ayudarlo pero no sabía que hacer, parecían kilómetros y kilómetros de flores. Decidí que no valía la pena escapar para que Moisés se me muera ahí, entonces lo arrastré y lo metí de nuevo en el hueco de la roca, me metí yo y asombrosamente, aparecimos en una especie de sótano, la diferencia era que en lugar de una roca había un horno, lo bueno es que Moisés comenzó a respirar más cómodamente. Me acerco a la escalera, cuando estoy por subir se me cruza una cucaracha por el primer escalón, doy un salto hacia atrás y piso un rastrillo, este me pega en la nuca y tropiezo, me doy vuelta para amortiguarme con las manos pero no me dio el tiempo y pegué con los dientes en un cajón de madera, Moisés no tenía fuerzas, pero se las ingenió para largar una muy forzada carcajada, intento levantarme y al apoyar la mano se me sube otra cucaracha, soy cucarachofóbico, así que salté, el bicho se me metió en la remera y comencé a sacudirme desesperadamente, los escalofríos reinaban mi cuerpo, tomé una madera y comencé a pegarme en la espalda, el dolor no era nada en comparación con el asco que sentía, la cucaracha cae al piso, la aplasto con la madera y quedo susceptible, muy susceptible, tanto que me toca un hilo que estaba atado en una viga de madera en el techo y yo grito, se enciende una luz al final de la escalera. Con todo el temor del mundo me siento junto a Moisés, vemos una sombra que comienza a bajar, era indescriptible, no era una sombra humana, cuando veo los pies me doy cuenta que eso no era normal, gigantescos, doblaban al límite los escalones de gruesa madera, Moisés me pellizca una gamba y yo le pego con el codo en la pera, esa cosa emitía un ruido agudo, punzante. A medida que iba bajando aparecían más pies, ya iban seis, el temor me devoraba, miré el horno, teníamos que volver a meternos, traté de levantar a Moisés y una especie de cacerola cayó al suelo, el sonido agudo se hizo más fuerte y mi vista se comenzó a nublar, lo último que pude ver fue la puerta del horno cerrándose fuertemente y ya en la oscuridad escuche, lejana, la voz de Moisés “Egro, creo que me cagué”